Por: Tania Martínez Suárez
Comienza con un pequeño escozor en la nariz, la necesidad de aclarar la garganta, seguido de estornudos que a veces son incontrolables, luego aparecen las lágrimas, que para los demás son signo de que algo pasa y es cierto, para quienes sufrimos alergias algo en el ambiente detona y estos síntomas aparecen, de la nada el llanto se asoma y tengo que explicar, en medio de una reunión o una clase que aunque las palabras vertidas ahí son muy importantes, no me encuentro conmovida, más bien esos riachuelos sobre mi rostro obedecen a la alergia.
Una aprende a lidiar con esto, el cuerpo siempre da señales, avisa para que nos preparemos y podamos hacer frente, es una sensación de malestar leve, como cuando sientes que de va a dar gripa, da tiempo para tomar antihistamínicos, pedir un té, sacar los pañuelos… y en el mejor de los casos pasa rápido y casi desapercibida, hasta que en otro momento otra cosa la haga presentarse.
El amor es igual, da señales, siempre hay un aviso de que se aproxima, a veces llega lento y suave como una brisa, apenas y repara en tí o se posa enfrente para que puedas admirarlo. El primer paso es la contemplación, para amar algo tienes que verlo aunque sea por un breve lapso, me refiero a ver en verdad, mirarlo para tratar de entenderlo, así es que puede ser que una persona que siempre estuvo cerca en un momento determinado se vuelve imprescindible.
Quien ama también está expuesto al llanto, a ese que inunda el corazón y explota de alegría, al irrefrenable sentimiento de éxtasis. En los lagrimales nace tanto la felicidad como el desconsuelo, no es de extrañar que en esas gotas tan pequeñas se albergue el infinito, si lo pensamos son un fragmento del océano que nos habita. Así los amorosos lloran y ríen al mismo tiempo, y quien ha perdido el amor encuentra en ellas, la voluntad y el tesón para retomar su camino.
A diferencia de la alergia no hay antídotos efectivos, cuando menos no los conozco, porque el amor llega, suave o intempestivo, pero se hace de un espacio para sí mismo en la vida de quien ama. Sea correspondido o no, ocupa un lugar vital en la persona que ha “sido infectada”. Solo en la adultez entendí que el sólo hecho de albergar amor es el propósito mismo, saber que tenemos esa capacidad. El amor es fuerza hecha a base del trato cotidiano, es apoyo, comprensión y alegría, es respeto, cuidado y esperanza. ¡Qué la alergia nos pase de largo y qué el amor nos acompañe!
